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Editorial AND – Solo hay un camino para la soberanía de Venezuela y su pueblo

Feb 6, 2026


A continuación, compartimos una traducción no oficial de la última Editorial del Jornal A Nova Democracia (Brasil).

Es necesario difundir ampliamente que las condiciones para elevar la resistencia, no precisan ser creadas: ellas son, en lo fundamental, el armamento general de las masas y una mayor articulación del frente único patriótico y su fortalecimiento en una primera fase, lo que se puede lograr en la medida en que la situación escale, y la comprensión de que, en la actual situación internacional, la descomposición de la crisis general del imperialismo es tal que las posibilidades de éxito de sus agresiones se ven cada vez más minadas.


La «reforma de los hidrocarburos» impulsada por el gobierno interino de Delcy Rodríguez, a finales de enero, poco más de 20 días después del secuestro del presidente Nicolás Maduro (y de la primera dama, Cilia Flores), representa un punto de alerta para las fuerzas de la resistencia nacional venezolana. Esta reforma acabará con el monopolio estatal del petróleo, que representa el pilar económico del proyecto bolivariano, como resultado de la descarada imposición directa del imperialismo yanqui, situación admitida por la propia interina Delcy.

No se trata del único compromiso: la venta del petróleo venezolano, cuyo comprador casi exclusivo es ahora Estados Unidos, tiene sus ingresos determinados por el propio gobierno imperial yanqui, bajo el mando del extremista de derecha Trump. También existe la exigencia yanqui de que el gobierno interino rompa relaciones con China y Rusia, como condición para levantar todas las sanciones imperialistas al país. Dado el control militar yanqui de todas las vías navales exteriores de Venezuela por sus hordas en el Caribe y el Pacífico y la concentración de potentes medios bélicos en toda la zona, condición que no ha cambiado ni siquiera tras el secuestro criminal y rapaz del presidente Maduro para sus sótanos en la sede del imperio, Venezuela no puede romper el cerco de la intervención yanqui de un solo golpe.

Es imperativo señalar que Venezuela lleva casi un mes enfrentando esta compleja situación desde una posición paradójica. Al mismo tiempo, se mantiene firme en el mantenimiento del régimen bolivariano, apoyado por la mayoría de su pueblo, y mesclada con una actitud de colaboración activa con las imposiciones yanquis en materia económica e incluso en determinadas cuestiones políticas. Esta situación que expresa la debilidad en la cohesión del propio régimen, en sus altas dirigencias de las estructuras estatales, lo que fragiliza la unidad con las masas populares dispuestas a resistir en defensa de la soberanía de la nación y de sus legítimas aspiraciones de transformaciones sociales. La colaboración con el gobierno yanqui y los llamamientos a la “normalización” de la vida cotidiana afectan abiertamente a la potencialización y la ampliación de la movilización popular, por un lado, y los discursos de no aceptación de “órdenes del exterior” dirigidos al proletariado (asamblea de los trabajadores de la petrolera estatal PDVSA) con la resistencia que mantienen armadas las milicias y los “colectivos” populares, por otro, son expresión de esta mezcla. Esta paradoja revela objetivamente que se está en lucha, no muy clara, sobre qué posición se consolidará en la dirección del régimen bolivariano: si se favorecerá más la posición de resistencia nacional o la de subyugación nacional, esta última, pregonada por el pragmatismo de la supervivencia del régimen a cualquier precio, en general y, en particular, en depositar todas las esperanzas en la “soberanía limitada” de las relaciones de “protección” por parte de otras potencias imperialistas (Rusia y China), exactamente como se venía manteniendo el régimen chavista y que el ataque yanqui puso al descubierto toda su fragilidad, ya que estas potencias solo balbucearon vagas protestas diplomáticas para no perjudicar sus intereses mayores.

Ante la compleja situación venezolana, la tarea inmediata de todos y todas las internacionalistas es denunciar contundentemente la agresión imperialista, intensificar la lucha contra ella, principalmente contra el imperialismo yanqui, brindando apoyo total al gobierno interino, pero alertando sobre los límites con los que se topa para que las masas estén cada vez más vigilantes; y apoyar las iniciativas de los revolucionarios en la conformación de la vanguardia proletaria maoísta, que, con su desarrollo, dará una columna vertebral de acero al frente único antiimperialista y antifascista en el país. El deber del actual gobierno interino para con la nación y el pueblo venezolanos es defender la patria, la soberanía y la autodeterminación, y contará con un apoyo aún mayor que el que ha tenido hasta ahora de la mayoría de su población y de los pueblos y países oprimidos del mundo que combaten contra el imperialismo, porque conmoverá y atraerá a otros a la lucha antiimperialista, también en los propios países imperialistas. Solo así progresará la causa nacional patriótica, siempre y cuando aumente su confianza en las masas populares, se esfuerce por su movilización permanente, impulse la organización militar de las masas y se apoye en ellas para una guerra prolongada, única vía para sostener sobre el terreno las posiciones de defensa activa de la soberanía nacional y la realización de las principales reivindicaciones populares. Así, ampliando y fortaleciendo el frente único patriótico antiimperialista, antifeudal y antifascista, para aislar a la reacción proimperialista y a las quintas columnas traidoras a la patria. Solo así podrá constituir el camino democrático de la nueva democracia, conmover al mundo en apoyo de su causa de liberación nacional.

Por otra parte, es evidente que, en determinadas condiciones, los compromisos son necesarios y deben ser hechos, siempre y cuando sean relativos, transitorios y subordinados a la estrategia de liberación nacional, para servir a la preparación activa de condiciones para enfrentarse al enemigo por etapas estratégicas bien determinadas, desde la defensiva, pasando por el equilibrio de fuerzas con el enemigo, hasta alcanzar la transición a la ofensiva total. Dicho esto, los compromisos concretos que ha asumido el gobierno interino se deslizan en el filo de la navaja de la colaboración con el agresor en el plano económico y son contraproducentes cuando conducen a la desmoralización de las fuerzas de la resistencia nacional, a la mitigación del ímpetu antiimperialista de las amplias masas, y al vaciar de sentido a las organizaciones ya establecidas de las milicias bolivarianas y los “colectivos” (movimientos comunitarios armados). Aunque el régimen pretenda radicalizarse cuando se plantee la transición política, si no se avanza en la preparación de las masas y del frente único, se producirá inevitablemente una desmoralización de la causa nacional, lo que hará que las pequeñas reformas no sirvan de nada. En Venezuela es urgente la movilización amplia de las masas armadas. Si la tónica del régimen se confirma como la de buscar simplemente la estabilidad a cualquier precio, lo que se traduciría en costos muy elevados, como ya demuestran las reformas emprendidas, sería, como mínimo, sumamente peligroso.

Los internacionalistas no deben ignorar que el gobierno interino, por su carácter de clase objetivo, se basa en intereses que buscan la estabilidad para obtener sus ganancias monopolistas y, por lo tanto, coquetean con la colaboración con el imperialismo yanqui en ciertas condiciones. De naturaleza vacilante, esto ocurre con cualquier gran burguesía, para la cual no sería un “pecado” posicionarse como apoyo interno de un agresor, aceptando sus términos, siempre que se le conceda la estabilidad y las condiciones necesarias para obtener también ganancias monopolistas con la exportación de petróleo y otros bienes primarios, aunque sean migajas de los máximos beneficios de la oligarquía financiera internacional, con la condición de que no haya pérdida de territorios ni de independencia formal. Si se mantiene el régimen, entonces, estos sectores se vuelven aún más vacilantes.

No sin razón, la operación yanqui fue acompañada de abundantes promesas de dar “prosperidad a la nación venezolana” —léase, a las clases dominantes locales, independientemente de su afiliación o no al bolivarianismo—, con el fin de aislar las posiciones patrióticas, pro-resistencia nacional. Por lo tanto, la cuestión decisiva es la movilización de las masas populares y la elevación creciente de su organización militar, partiendo de las milicias populares y los “colectivos” ya existentes, de su ampliación y elevación de su nivel. Es este factor, dinámico, el que podrá imponer la posición de la resistencia nacional a las clases dominantes locales, comprometidas económicamente con el capital financiero y tendientes al compromiso político con el agresor. Es esta estrategia la que aislará a aquellos que depositan sus esperanzas en una “independencia” limitada a través de un acuerdo con el agresor o incluso en el ilusorio cambio de amo imperialista (defensores de la teoría de la subyugación nacional como única salida posible para la nación agredida). Y solo así es posible obligar a los vacilantes a resistir, como hizo el Partido Comunista de China con Chiang Kai-shek y el Kuomintang en el contexto de la agresión japonesa en 1937.

Es necesario difundir ampliamente que las condiciones para elevar la resistencia, no precisan ser creadas: ellas son, en lo fundamental, el armamento general de las masas y una mayor articulación del frente único patriótico y su fortalecimiento en una primera fase, lo que se puede lograr en la medida en que la situación escale, y la comprensión de que, en la actual situación internacional, la descomposición de la crisis general del imperialismo es tal que las posibilidades de éxito de sus agresiones se ven cada vez más minadas. El gobierno interino, si quiere preservar la soberanía y la dignidad de la nación venezolana, debe confiar profunda y sinceramente en las masas populares armadas de las milicias y los “colectivos”, avanzar en los preparativos para convertir vastas unidades regulares del Ejército nacional en unidades guerrilleras con características regulares y lanzar un rotundo “¡no!” a las exigencias del imperialismo yanqui. El gobierno de los Estados Unidos, sin duda, lanzaría nuevos ataques y todo tipo de sanciones y embargos económicos. Pero no se puede ignorar que, en última instancia, todos los ataques y medidas yanquis se verían fuertemente limitados en un proceso prolongado e incluso con restricciones políticas inmediatas: en primer lugar, porque los demonios yanquis tenderían a no enviar tropas al subcontinente, ya que esto produciría una enorme inestabilidad, profundamente temeraria y considerada como un elemento clave de sus cálculos políticos; y también porque, en este contexto de guerra comercial entre EE.UU., la UE y China, las brechas económicas que se pueden explotar ofrecen amplios márgenes de maniobra. Sin embargo, sin hacerse ilusiones con los demás imperialistas y sin caer en la tentación de creer que no son imperialistas. Es de la naturaleza del capital monopolista no convertirse nunca en un Buda, como advirtió el Gran Timonel.

Para el éxito de la causa antiimperialista, es indispensable que la actual agresión yanqui se convierta en una guerra prolongada de liberación nacional. Para ello, es urgente la intervención independiente del proletariado revolucionario, la única clase que puede aplicar con la máxima profundidad y consecuencia el programa revolucionario de liberación nacional, en beneficio del proletariado, el campesinado y la pequeña burguesía, como parte de la Revolución de Nueva Democracia.

***

El imperialismo yanqui se enfrenta a una situación de preguerra civil y esto es hoy más evidente que nunca, en el contexto de las operaciones del Servicio de Inmigración (ICE) y de las grandes protestas, muchas de ellas armadas, en el interior de los Estados Unidos. Una nación fundada en la esclavitud de africanos y descendientes; en el exterminio completo y total de los pueblos indígenas; en el robo de territorios enteros de otras naciones; en la negación completa de los derechos civiles a los negros hasta hace 60 años; en la superexplotación —es decir, una explotación superior a la media— de los inmigrantes, ilegales o legales, que, en cualquier caso, se ven coaccionados por el riesgo de deportación; esta nación, por mucho que se jacte de democrática, no es más que una dictadura insana de unos pocos oligarcas del capital financiero sobre las grandes masas, en un acelerado proceso de anquilosamiento, de reaccionarización del Estado, de todas sus instituciones. Como ya dijo Lenin: el imperialismo convierte a la población en súbditos del capital financiero y a los países en prisiones.

Las persecuciones que Trump promueve contra los inmigrantes tienen objetivos bien definidos. En primer lugar, enfrentar a una parte del proletariado —la nativa— contra la otra parte, la de los inmigrantes; el chovinismo es un recurso clave para impedir la unión de la clase, ganarse a una parte atrasada del proletariado y a la aristocracia obrera, arruinada por el parasitismo del imperialismo y la fuga de las industrias hacia países oprimidos hiperpoblados, para la ideología de extrema derecha, racista y supremacista blanca yanqui. Por supuesto, en general, busca dar vitalidad al régimen político, ya que tal táctica solo confirma que la estabilidad parlamentaria y las políticas ordinarias ya no cautivan al proletariado nativo, mayoritario, porque no son capaces de revertir la crisis general.

En segundo lugar, Trump apuesta claramente por la desestabilización del orden constitucional, a través del cual pretende imponer un nivel de presidencialismo absolutista sin precedentes, no solo en relación con los “tres poderes”, sino también con respecto a las unidades federativas y los contendientes electorales. Por eso, los estados controlados por la mafia republicana, con mayor concentración de inmigrantes, no se enfrentan a operaciones policiales contra los inmigrantes como ocurre en los estados controlados por la mafia demócrata. En este sentido, Trump no inventa ningún objetivo original: esa es la tarea reaccionaria que llevan a cabo todos los gobiernos yanquis de turno; la originalidad reside en el método caótico de la provocación descarada.

Se engaña quien cree que el plan es romper por completo el orden constitucional: Trump sabe que ese es un objetivo muy difícil sin que exista una condición tal de peligro inmediato de Revolución, siendo más factible, por el momento, desestabilizar el orden constitucional para flexibilizarlo, hasta lograr generalizar el uso de dispositivos de excepción e incluso declaradamente fascistas contenidos en el propio ordenamiento legal estadounidense. Es parte de la marcha hacia el fascismo, en última instancia.

Las respuestas de las masas populares estadounidenses, en particular de los movimientos de autodefensa comunitaria, de inmigrantes y poblaciones negras, convocando a la promoción de vigilias populares contra el ICE e incluso al ejercicio de la legítima autodefensa, no son hechos comunes. La última vez que ocurrió en esta proporción fue en la década de 1960, cuando se abolieron los derechos civiles para los negros. La reacción popular actual, que solo tiene precedente en aquella situación tan extrema, dice mucho sobre la situación actual, también extrema, pero no tanto por la falta de derechos formales, sino por su revocación práctica, lo que hace que el escenario sea aún más conflictivo, ya que, esta vez, la solución no se encuentra inmediatamente en la “realización más radical” de la vieja democracia burguesa, que comienza a evidenciar, de forma inmediata para la conciencia media de las masas, su límite histórico y político. Las masas desean otro régimen y son cada vez más conscientes de eso.

Los grandes teóricos ilustrados prestaron mucha atención al declive de los imperios. Todos reconocen la polarización interna, el estancamiento económico, el declive en el dominio exterior y la guerra civil como elementos comunes de los períodos en los que grandes fortalezas se derrumbaron en cuestión de pocas décadas, incluso años. Todos estos elementos son constitutivos de la situación actual de los Estados Unidos. El fin del imperio está en el horizonte, ya visible a simple vista.

***

La movilización de tropas de los países miembros de la OTAN que componen la Unión Europea hacia Groenlandia, en el contexto de las amenazas de Trump de tomar ese territorio de Dinamarca, expresa la crisis de la OTAN, reconocida incluso por los expertos militares. No se trató de un episodio aislado, fruto de la acción irreflexiva de un temerario. Es un fenómeno histórico de naturaleza imperial, bien respaldado por las contradicciones fundamentales de la actualidad: ante el imperialismo yanqui, ya en el inicio de su declive como superpotencia hegemónica única, vislumbrando el recrudecimiento de las disputas entre potencias y superpotencias por el reparto del mundo, la OTAN deja de tener la importancia que tuvo en su surgimiento como instrumento de la doctrina imperialista de la “Guerra Fría”. Con su fin en la década de 1990, la OTAN se convirtió en un paquidermo, cuyo creador, cada vez más, con la crisis del sistema, ya no lo necesita hasta el punto de justificar los altos gastos para su mantenimiento, mientras que sus sumisos socios, en la lucha por el reparto, no tienen otra alternativa, al menos en lo inmediato, en medio de la polarización entre EE.UU. – Rusia y EE.UU. – China, que seguir arrastrándose ante el emperador, como lo demuestran las representaciones de la UE sobre la cuestión de Groenlandia.

Sin embargo, a los yanquis, como superpotencia hegemónica única, aunque en declive, les interesa sin duda, aunque ya no con la importancia de otrora, la existencia de la OTAN en su estrategia de dominación mundial y garantía de su plena superioridad en el terreno militar, sobre todo en el llamado aspecto “interoperativo”, pero ahora con el lujo de chantajear a sus pares. El chantaje yanqui de abandonar o implosionar la OTAN, como coalición en general, tienen como objetivo obligar a los países miembros de Europa a gastar más en la industria de defensa que, en el caso de la OTAN, proviene en más del 60% del complejo industrial-militar yanqui, que sigue siendo la mayor industria bélica del mundo, responsable de más del 40% de las exportaciones totales de medios de guerra. La economía yanqui se centra en la industria de la guerra: sin guerra, y por lo tanto sin costes de guerra, el desempleo incontrolable y la recesión son inevitables.

Los yanquis buscan,también, ejercer presión sobre las potencias europeas. Por un lado, principalmente por parte del Pentágono, agitan el “peligro ruso para la seguridad regional” y, por otro, lanzan el chantaje de no defender Europa y centrar su atención en la lucha con China en Oriente para contrarrestar su expansión en Occidente, principalmente en América Latina, así como en África. De este modo, los yanquis obligan a las potencias europeas a someterse a su hegemonía única, aunque la cuestionen, imponiéndoles restricciones o acuerdos comerciales, financieros y fiscales, en negociaciones bilaterales, debilitando o manteniendo bajo un fuerte control a la Unión Europea.

Por lo tanto, el interés yanqui en Groenlandia es controlar las reservas estratégicas de minerales críticos y “tierras raras”, recursos clave bajo control chino, que posee más del 60% de las reservas mundiales y concentra el 90 % de la capacidad industrial de procesamiento, y evitar que China utilice el Ártico para rutas comerciales estratégicas. No menos importante es su objetivo de asegurar una posición geoestratégica en el Ártico, que reduzca el gran espacio oceánico entre su territorio y el continente europeo que se encuentra bajo los pies de la superpotencia atómica Rusia. Todo esto es cierto. Pero los yanquis han ido demasiado lejos en sus chantajes y amenazas para imponer también nuevas condiciones en la contienda con las potencias imperialistas de Europa. Aquí también se ve el inicio del declive y el desenlace del fin del imperio yanqui.

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