¿Qué pasará el 3 de febrero cuando se reúnan Trump y Petro en la Casa Blanca? ¿Se ceñirá el gobierno colombiano a los mandatos de Trump o volverá a avivarse el rifirrafe entre presidentes? ¿Hay riesgo de que se rompa la centenaria “cooperación” entre Colombia y Estados Unidos, o incluso, como algunos temen, que Petro sea detenido y enjuiciado? ¿Serán determinantes para el desenlace la “impulsividad” y egolatría común a los dos mandatarios, o a pesar de esto primarán los “intereses compartidos”?

Como todo el mundo sabe, Petro sostenía desde hace meses una mediática disputa verbal con Trump, pero pocos sabían o sospechaban, que detrás de cámaras, en la diplomacia bajo la mesa, otro plan avanzaba. El 8 de enero, el periódico español El País, publicó un artículo revelando que, en paralelo a ese tira y afloje entre presidentes, el gobierno de Petro desde hace meses, venía profundizando negociaciones con Estados Unidos para cumplir los requerimientos que Washington imponía. Estos, según el medio citado, eran: reanudar fumigaciones con glifosato sobre cultivos de coca, extraditar jefes narcos, llevar adelante bombardeos a campamentos de las FARC que EE.UU. cataloga como narcoterroristas, y finalmente que el gobierno aceptara cambiar el estatus político de los grupos guerrilleros (ELN y FARC) a organizaciones narcotraficantes. Los tres primeros han sido cumplidos, el último prácticamente también, porque, aunque aún no se ha concretado jurídicamente, desde hace ya varios meses Petro y sus ministros, catalogan como carteles del narcotráfico a las guerrillas colombianas.
Hace unos años, durante su campaña presidencial, y criticando al entonces gobierno Duque, Petro prometió que no habría “una sola gota de glifosato que se arroje sobre las tierras de nuestra patria»; afirmó que el glifosato produce cáncer y usarlo sería un asesinato desde el Estado hacia la población; y que “Trump presiona a Duque para que envenene con glifosato los campos de Colombia. Lo ve tan débil que sabe que si lo insulta se arrodillará”. Sin embargo, ya siendo presidente, el pasado 20 diciembre de 2025, en un consejo de seguridad, se aprobó la fumigación con drones, que iniciará los próximos días en el Cauca. Todo esto en contravía de lo que expresan los campesinos, quienes afirman que la fumigación con glifosato -suspendida hace 10 años- solo destruyó su economía, generó problemas a su salud y afectó al medio ambiente.
Frente a los bombardeos, Petro los retomó a partir de agosto del año pasado. Ha bombardeado en Amazonas, Guaviare y Arauca, asesinando varios guerrilleros, entre ellos 15 niños. Siendo candidato presidencial, condenaba con vehemencia estas acciones: “el bombardeo a los niños en el Guaviare es un crimen de guerra. Sus planificadores deben renunciar de inmediato”, expresó en una ocasión, cuando el gobierno Duque bombardeó un campamento guerrillero, asesinando también a varios menores de edad.
Así, el gobierno colombiano, aunque prometió otro rumbo, viene cumpliendo a pie juntillas con las exigencias de Trump y su “guerra contra las drogas”: con Petro los bombardeos y fumigaciones están de regreso. Con estos elementos, es posible entonces comprender, que el cambio de opinión de Trump hacia Petro, de pasar de llamarlo “enfermo” que fabrica cocaína para enviar a EE.UU., a decir que era un “gran honor” hablar con él, no se debió solo, ni especialmente, a la habilidad de su equipo diplomático, sino en esencia, a que Petro viene cumpliendo lo que Trump manda.
Los anteriores, no son los únicos asuntos en que el gobierno colombiano viene “cooperando” con el gobierno yanqui. En medio de sus altisonantes discursos, Petro había dicho que cesaría la colaboración con la inteligencia gringa, mientras no pararan los bombardeos a embarcaciones en el Caribe y el Pacífico. Sin embargo, el pasado 5 de enero, los ministros del Interior y de Justicia, publicaron un video dirigido al gobierno de Estados Unidos, en el que reafirman que Colombia está dispuesta a seguir “cooperando y coordinando”, que necesitan del apoyo de la inteligencia y tecnología norteamericana para combatir el narcotráfico, con especial énfasis en la frontera colombo-venezolana para atacar las estructuras del ELN.
Además, su narrativa de que las guerrillas actuales solo son narcotraficantes venía en aumento. Muy cerca al día del ataque yanqui a Venezuela, Petro llegó a decir, que el ELN sería responsable si atacaban el vecino país. Adicionalmente, en diciembre desplazó miles de soldados a la frontera con Venezuela para combatir a esta guerrilla, precisamente en momentos en que los yanquis amenazaban con atacar Venezuela, y fue lo que terminaron haciendo.
En el mismo sentido, el nuevo ministro de Defensa, Pedro Sánchez, antes y después de la tan mentada llamada Petro-Trump, ha hablado al respecto del carácter “permanente” y “estratégico” de la cooperación con Estados Unidos. En declaraciones dadas el 9 de noviembre expresó: “Mantenemos permanentemente relación con Estados Unidos… Aquí tenemos claro que la columna vertebral que sostiene a ambas naciones es la seguridad, y puede ser que haya discusiones en otro sentido, pero la seguridad la mantenemos y la debemos mantener, porque además son décadas las que llevamos construyendo esas capacidades”. Y recientemente también expresó que “la relación entre Colombia y Estados Unidos es estratégica, sólida y a largo plazo”.
Después de que Trump y Petro hablaran, este último ha llevado la cooperación a un punto aún más alto: la adulación a Trump. En entrevista con El País, tan solo una semana después de la vil agresión militar de Trump a Venezuela, dijo que María Corina Machado “no debió quitarle el premio nobel [de paz] a Trump”. También declaró que, en lo que respecta al narcotráfico, “no tenemos ninguna distancia” con Trump. Finalmente confesó que tenía miedo de una acción contra él, como la realizada contra Nicolás Maduro. Esto último aporta pruebas, de que el cambio en el discurso de Petro frente a Trump, fue también producto de la intimidación que el gobierno yanqui perseguía al ejecutar una acción militar contra Venezuela, y venderla como aplastante y espectacular, del tipo que -según ellos- solo EE.UU. podría hacer y repetir cuando y donde quisiese.
Vemos así que el gobierno colombiano, fiel a su estilo demagógico, se mostraba ante sus bases como un patriota, como un antiimperialista que criticaba a Trump y de paso denunciaba a la oposición en Colombia por traición a la patria, pero en verdad, por detrás, a escondidas del pueblo, estaba obedientemente acatando todas las exigencias del gobierno Trump para restablecer las maltrechas relaciones entre jefes de Estado.
Y es que la columna vertebral del Estado colombiano, sus fuerzas armadas, desde los años 50 están bajo órdenes de los gringos. En sus Escuelas de guerra y tortura se han formado los altos mandos militares (incluido el actual ministro de Defensa), y la operatividad de sus tropas es altamente dependiente de tecnología, asesoría y recursos de los Estados Unidos. Como lo ha dicho el ministro de Defensa, el gobierno colombiano actual, al igual que todos los anteriores, “coopera” con los yanquis desde que llegó a la Casa de Nariño, sin importar la alharaca mediática. En sus propias palabras: “la relación en el sector defensa con Estado Unidos se ha mantenido intacta y, de hecho, se ha fortalecido en algunas áreas, a pesar de las discusiones en el entorno político”.
El asunto más destacado en la “cooperación” militar entre Estados Unidos y Colombia desde los años 80, ha sido la lucha contra el narcotráfico, la llamada “guerra contra las drogas”. Como hemos visto, en el “gobierno del cambio”, esto tampoco cambió.
Ahora bien, ¿no es una causa justa oponerse al narcotráfico? Si, por supuesto que lo es. Pero hay que tener en cuenta que, como ha sido demostrado una y otra vez en Colombia, Nicaragua, Afganistán, etc., la “guerra contra las drogas” ha sido un pretexto de los yanquis para combatir las guerrillas, reprimir el movimiento popular rebelde y aumentar la militarización -en este caso en todo América Latina- con miras a perpetuar y profundizar el sometimiento y saqueo de las naciones oprimidas. No hay que ir muy lejos para ver un ejemplo actual: al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Se le acusó repetidamente de ser jefe de un grupo narcotraficante supuestamente llamado “Cartel de los Soles” y, bajo esa acusación, el imperialismo yanqui atacó a Venezuela y lo secuestró a él y a su esposa. Pero, tres días después de esta agresión, el Departamento de Justicia de Estados Unidos dijo que el “Cartel de los Soles” no existía, mientras Trump descaradamente declaraba: que el gobierno y el petróleo de Venezuela estarían bajo el control de los yanquis y que, si el nuevo gobierno venezolano no “coopera”, le puede ir peor que a Maduro.
En Colombia, todos los últimos gobiernos antes de Petro, abiertamente de derecha, han combatido a las guerrillas y criminalizado al movimiento popular bajo la careta de la lucha contra el “narcoterrorismo”, aduciendo que las drogas son el “combustible de la guerra”. Ahora con Petro, un gobierno de “izquierda”, que supuestamente reconocía el conflicto armado y sus causas sociales y políticas, ha ido más allá: trata a todas las guerrillas -que no se pliegan a su fraudulenta “Paz Total”- de “carteles del narcotráfico” y declara que uno de sus objetivos principales en la visita a la Casa Blanca, es, en palabras del ministro de Defensa, “que el cartel del ELN, [y] ese cartel de alias Mordisco (…) sean declarados como objetivos comunes de alto valor para emplear todas las capacidades tecnológicas que ellos nos puedan dar. Unirnos absolutamente todos y llevar a su mínima expresión estos carteles”. He aquí la continuación de la guerra contrasubversiva bajo el mando del imperialismo yanqui. El “patriota” gobierno Petro se ha adelantado a la “vendepatria” oposición y le ha quitado una de sus banderas electorales: el Plan Colombia 2.0. En fin, la “política es dinámica” suelen decir los politiqueros de profesión.
Todo esto, nos da indicios de lo que pasará en el tan mentado encuentro Petro-Trump. Seguramente allí se refrendará el compromiso del gobierno colombiano de “cooperar”, esto es, de intensificar la guerra contrainsurgente y aumentar la injerencia militar (inteligencia, asesoría, equipamiento) de los Estados Unidos en Colombia (bajo el disfraz de guerra al “narcotráfico” y al “crimen transnacional”). Algo que, además seguirá profundizando el papel más regional que el pentágono ha dado a Colombia -por su ubicación estratégica en la entrada a Suramérica-, de ser el portaviones yanqui para la subregión, en su urgida necesidad de aumentar la militarización de América Latina para reforzar su dominio y saqueo, poner límite a la competencia de sus rivales imperialistas, especialmente China, y tratar de prevenir que la rebelión de las masas amenace su dominio.
Pero no solo esto busca el gobierno colombiano en su visita a Washington. En un tuit publicado horas después de la dichosa llamada, Petro dijo: “el potencial de energía limpia de América Latina, se hace realidad con una inversión de 500.000 millones de dólares, que los tiene en este momento EE.UU.”. Y recientemente ha ratificado que en la visita buscará “oportunidades económicas conjuntas”. Petro se refiere a una propuesta que viene haciendo desde los inicios de su gobierno, y que consiste en que EE.UU. invierta sus capitales, Colombia genere las energías limpias y EE.UU. las compre. Las inversiones de capital imperialista, que siempre son promocionadas como “cooperación” y “progreso mutuo”, y que ahora Petro, al proponerlas en torno a las “energías limpias”, les agrega que representan “la defensa de la vida”, son en verdad la forma como los países imperialistas explotan el trabajo y las riquezas del tercer mundo. Basta ver la avidez de Trump por invertir capitales en Venezuela para saquear más sus enormes riquezas petroleras. Pedir inversión de capitales imperialistas no es perseguir progreso para la nación, es el deseo común de todas las clases dominantes vendepatrias, pues como intermediarios, socios y lacayos del imperialismo, se enriquecen más con estos jugosos negocios.
Las agresivas acciones y palabras del gobierno del ultrareaccionario Trump, dejan ver más claro a todo el mundo lo que es el imperialismo yanqui, los aprietos en que está y los tiempos de agresión y guerra que se han abierto: “la paz por medio de la fuerza”, “América para los americanos”, “somos una superpotencia. Y con el presidente Trump, nos comportaremos como tal”, “hacer grande de nuevo a América”, etc.
Un nuevo “desorden mundial” ha llegado. En sus planes y acciones está escrito que Estados Unidos reforzará el sometimiento de América Latina. Si elegimos “cooperar” con el imperialismo yanqui, más sometidos estaremos a su dominio, seguiremos en el eterno “subdesarrollo”, pobreza y sometimiento. Si elegimos Resistir, organizaremos y forjaremos poco a poco, y en una prolongada lucha, la fuerza necesaria para librarnos del yugo del imperialismo yanqui, conquistando la independencia para nuestra nación y la prosperidad para nuestro pueblo. Solo hay esas dos opciones, estos dos caminos. Llamamos a todo el pueblo, a toda la nación, a resistir al imperialismo y prepararse para los nuevos y convulsos tiempos de guerra.
