
La publicación de la National Security Strategy (NSS) de noviembre de 2025 y su complemento militar, la National Defense Strategy (NDS) de enero de 2026, constituyen la declaración explícita de los planes de guerra y reestructuración del imperialismo estadounidense en una coyuntura crítica de declive relativo y crisis sistémica. Esta estrategia, sin tapujos: define al enemigo principal en la defensa de su hegemonía y la disputa por el reparto del mundo, China; establece el teatro principal de una futura guerra, el Indo-Pacífico; asegura la retaguardia, el Hemisferio Occidental; exige vasallaje a las potencias imperialistas “aliadas”, Europa y Asia; y busca una reorganización de la economía doméstica basada en la reindustrialización y la producción militar, y de la política doméstica, basada en combatir al enemigo interno camino al fascismo.
Hay que leer más allá de la retórica política de Trump, que traslada la culpa a sus predecesores por desaprovechar la posición hegemónica de Estados Unidos, malgastar recursos y poner los intereses del mundo y los principios de la democracia por encima de Estados Unidos. El imperialismo no es una elección política agresiva que adoptan unos países «ricos» y «fuertes» dirigidos por personajes codiciosos que buscan dominar a otros países «pobres» y «débiles». El imperialismo es el resultado necesario de la concentración de la producción y el capital monopolista y financiero, la etapa superior del capitalismo cuyo rasgo político principal es la división del mundo en un puñado de países potencias que se reparten el mundo para extraer superganancias, y una mayoría de países pobres y oprimidos. Inherentemente, este sistema económico basado en la explotación y en la disputa de territorios y recursos lleva a crisis, y el imperialismo de Estados Unidos, como potencia hegemónica mundial es quien está en el epicentro de esta crisis.
Su economía es cada vez más parasitaria: la manufactura ha perdido 6.5 millones de empleos desde 1979, su participación en el PIB se ha reducido a más de la mitad y el déficit comercial manufacturero alcanza $1 billón anual1. Los datos sobre la dependencia mineral de Estados Unidos son dicientes: de 1954 a 2019, el número de minerales para los cuales Estados Unidos depende de importaciones, en al menos un 25%, aumentó de 21 a 58 minerales2. Esto no es una casualidad, sino el resultado de décadas de desindustrialización y externalización productiva, impulsada por la propia lógica del capital monopolista en busca de mayor tasa de ganancia. La economía estadounidense es cada vez más parasitaria y menos productiva, lo que deriva en problemas logísticos y crisis de suministros. En el plano fiscal, la deuda pública alcanzará el 156% del PIB en 2055 según la según la Oficina de Presupuesto del Congreso de EE.UU. (CBO) , pudiendo llegar al 250% si se extienden los recortes de impuestos. Estados Unidos es el país con la mayor deuda pública del mundo.
Militarmente, el Pentágono admite que carece de capacidad para comandar operaciones multicuerpo, que necesitaría duplicar el ejército para cubrir el déficit de brigadas, y que las líneas de refuerzo transatlántico son vulnerables. Demográficamente, la población comenzará a decrecer en 2033 sin inmigración3. Entre 2022 y 2024, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos destinaron más de 6.000 millones de dólares a programas de reclutamiento y retención, según Associated Press, pero no cumplió sus objetivos de reclutamiento. En 2023, fuerzas armadas estadounidenses tuvieron el menor número de miembros del servicio desde antes de la Segunda Guerra Mundial, y reportaron un déficit sustancial en el cumplimiento de sus objetivos, con aproximadamente 41.000 reclutas faltantes en sus diversas ramas, según fuentes oficiales del Departamento de Defensa de EE.UU.
Una crisis general del sistema imperialista y un declive de la hegemonía mundial de los Estados Unidos son el problema de fondo, que explica el carácter mandamás de Trump y la justificación de su Estrategia de Seguridad Nacional y de Defensa.
Estados Unidos surgió como potencia imperialista a principios del siglo XX, y disputó contra las potencias europeas el control de los países oprimidos, desplazándolos de América Latina y consolidándose como potencia regional. Tras la Segunda Guerra Mundial, con las potencias europeas en declive, Estados Unidos y la Unión Soviética — convertida en potencia social-imperialista después de que terminara allí el socialismo y se restaurara el capitalismo con Nikita Jrushchov— se consolidaron como las dos superpotencias del mundo, cada una con sus zonas de influencia y capacidad atómica. Hoy poseen ocho veces más ojivas nucleares que la potencia imperialista con armas nucleares que les sigue, China. Tras la Guerra Fría y la implosión de la Unión Soviética en 1991, Estados Unidos se tornó en superpotencia hegemónica única. Durante las últimas tres décadas, los sucesivos gobiernos de turno, ya sean demócratas o conservadores, trataron de consolidar esta hegemonía y expandirla, intentando «robar» a las demás potencias sus zonas de influencia. Así, Oriente Medio se tornó en el principal campo de batalla: por el control del petróleo, para desplazar de allí a las potencias europeas y a Rusia, y por el dominio de la tierra que une los continentes asiático, europeo y africano. Cada una de las guerras que libró Estados Unidos lo hizo por sus intereses hegemónicos.
Por eso, cuando la Estrategia de Defensa Nacional afirma que EE.UU. «ya no se distraerá con el intervencionismo, las guerras interminables, los cambios de régimen y la construcción de naciones», debe leerse como una admisión de derrota. La NDS revela que la estrategia estadounidense es replegarse de Oriente Medio —intento que viene desde Obama— reduciendo el objetivo en la región a lograr la estabilidad y la «normalización». Esto significa que no lograron sentar bases ni consolidar su poder. Exceptuando a la entidad sionista de Israel, cabe decir que Estados Unidos cuenta hoy con menos gobiernos lacayos en la zona que al comienzo de sus décadas de guerra, y acumula un creciente desprestigio entre las masas árabes.
El Repliegue Estratégico y la Fortificación de la Retaguardia
En el pensamiento militar clásico, un ejército fuerte avanza y abre frentes; cuando entra en crisis, cierra frentes, consolida posiciones y fortifica líneas de suministro. La Roma tardía dejó de expandirse y convirtió ciudades en fortalezas. El imperio español del siglo XVII pasó de conquistar a proteger la ruta de la plata. Alemania en 1944 priorizó mantener líneas ferroviarias sobre ofensivas. Estados Unidos sigue hoy la misma lógica: «la guerra en Ucrania debe terminar», «los días en los que Medio Oriente dominaba la política exterior estadounidense, tanto en la planificación a largo plazo como en la ejecución día a día, han terminado afortunadamente», «Después de años de abandono, los Estados Unidos reafirmarán y harán cumplir la Doctrina Monroe para restaurar la preeminencia estadounidense en el Hemisferio Occidental, y para proteger nuestra patria y nuestro acceso a geografías clave en toda la región. Negaremos a los competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales, en nuestro Hemisferio». La NDS precisa: «Garantizaremos el acceso militar y comercial de Estados Unidos a zonas clave, en particular el canal de Panamá, el golfo de América y Groenlandia». Este es el «corolario Trump» a la doctrina Monroe.
La invasión a Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026, tras 19 semanas de asedio militar que había dejado 105 asesinatos (hoy ya son 144) bajo falsas acusaciones de narcotráfico, no es un hecho aislado: es la primera bala de esta doctrina, el objetivo no es solo ni principalmente el petróleo venezolano, sino enviar un mensaje a toda la región: la era de la «negligencia» ha terminado y la obediencia a rajatabla es la única opción. La efectividad de esta política de intimidación se evidencia en la rápida domesticación de los gobiernos vecinos. México, bajo presión, ha cortado el suministro de petróleo a Cuba. Panamá, plegándose a las exigencias de Washington, ha declarado inválidos los acuerdos con China sobre el Canal, cediendo soberanía estratégica. En Colombia, el gobierno pacta con EE.UU. una ofensiva militar contra el «narcoterrorismo» que, en la práctica, se concreta principalmente en un recrudecimiento del cerco contra las guerrillas que aún mantienen la lucha armada.
Pero la historia de América Latina no se escribe solo con la claudicación de sus gobiernos. Sobre los hombros de sus pueblos recae una larga y aguerrida tradición antiimperialista que ningún decreto ni bombardeo podrá extinguir. La domesticación de los gobiernos no es la derrota de los pueblos, es la confirmación de que la lucha debe profundizarse por otros cauces, y que la resistencia antiimperialista en América Latina seguirá siendo, como siempre lo fue, una tarea de las masas, no de sus traicioneras élites.
El teatro principal de la futura gran guerra
La Estrategia de Defensa Nacional lo plantea sin ambages: «La región indopacífica pronto representará más de la mitad de la economía mundial. Por lo tanto, la seguridad, la libertad y la prosperidad del pueblo estadounidense están directamente relacionadas con nuestra capacidad para comerciar y comprometernos desde una posición de fuerza en la región. Si China llegara a dominar esta vasta y crucial región, estaría en condiciones de bloquear eficazmente el acceso de los estadounidenses al centro de gravedad económico mundial». Para comprender la esencia de esta estrategia hay que leerla a la luz de la historia y la ley del desarrollo desigual del imperialismo. Durante la Guerra Fría, a Estados Unidos le fue necesario acercarse a China para concentrar sus fuerzas contra la Unión Soviética, aprovechando su mano de obra barata —superexplotada— y evitando dividir sus fuerzas con otras potencias. Cuando devino en superpotencia hegemónica única tras la implosión soviética, mantuvo esta relación de colusión con China para poder centrar en sentar las bases de su dominio en Oriente Medio. Pero las potencias imperialistas, incluida China, no renuncian a su naturaleza: China se consolidó como potencia regional y es hoy quien más amenaza la hegemonía estadounidense. Esto es la consecuencia inevitable de la competencia interimperialista. China, como potencia en ascenso, no podía contentarse con el rol subordinado que EE.UU. le había asignado. La crisis actual es, por tanto, el resultado de la pugna por el reparto de un mundo ya repartido.
Para contenerla, Estados Unidos se propone fortificar militarmente la Primera Cadena de Islas —una barrera que se extiende desde Japón hasta Filipinas— con el objetivo de encerrar a la Armada china en los mares interiores asiáticos y negarle el acceso al Pacífico profundo. Taiwán es una pieza geográfica clave que permite abrir o cerrar el paso hacia la Segunda Cadena de Islas, las cuales operarían como retaguardia desde donde proyectar armamento de largo alcance. La estrategia reconoce que no puede sostener este cerco por sí sola, por lo que exige a sus aliados regionales, Japón y Australia, asumir el costo y el riesgo de ser la primera línea de defensa. A los países oprimidos de la zona les impone un mayor sometimiento, como ocurre con el establecimiento de nuevas bases en Filipinas y la realización de ejercicios militares en puntos estratégicos como el estrecho de Luzón. Respecto a India, Estados Unidos está «cooperando» para el fortalecimiento militar, modernizando sus fuerzas armadas y realizando ejercicios conjuntos, pues India, con su millardo de población, es sin duda la carne de cañón predilecta de EE.UU. para una confrontación con China. En el enfrentamiento de mayo de 2025, tras un atentado en Cachemira, se observó este nuevo alineamiento: EE.UU. ofreció un firme respaldo a India, mientras que China lideró el apoyo público a Pakistán. Toda narrativa de la defensa de la democracia y la «soberanía» de Taiwán se cae, pues la NSS lo reconoce al señalar que «Taiwán ofrece acceso directo a la Segunda Cadena de Islas». La isla es vista por el Pentágono como un portaaviones insumergible que debe ser negado a China, o alternativamente, utilizada como moneda de cambio en un gran pacto que garantice la «estabilidad estratégica», es decir, el reparto de esferas de influencia a costa de los pueblos de la región.
Atizar a los ‘aliados’
Washington exige a sus aliados, especialmente a los europeos, que asuman la responsabilidad principal de su propia defensa y que aumenten su gasto militar hasta el 5% de su PIB, tal como se comprometieron en la cumbre de La Haya. La relación que propone es abiertamente transaccional: los aliados deben hacer su parte, alinear sus exportaciones con los controles estadounidenses y aceptar un papel subordinado en la nueva arquitectura de seguridad. Pero estos aliados, atrapados entre la polarización de EE.UU., China y Rusia, no tienen por ahora más opción que arrastrarse ante el emperador, pues cualquier intento de autonomía real choca con su dependencia militar y económica. Sin embargo, esto no significa que renuncien a sus propias ambiciones imperialistas. Mientras se pliegan ante Washington, los Estados imperialistas europeos, Francia, Reino Unido, Alemania, etc., lanzan sus propias iniciativas. Aprovechan el «peligro ruso», alimentado por los cada vez más frecuentes incidentes con drones en Polonia, Rumania y Dinamarca, para escalar su militarización y aumentar su presencia militar en el norte, centro y sudeste de Europa, sometiendo las naciones oprimidas de esta zona. Al mismo tiempo, buscan establecer o reforzar sus propias esferas de influencia en otras regiones, como Oriente Medio, apostando silenciosamente a una posible derrota yanqui que les abra espacio para maniobrar. Este doble carácter: sumisión forzada en lo inmediato y oportunismo expansivo en lo estratégico, define a estas potencias intermedias, que orbitan alrededor del imperio yanqui, pero sueñan con ser ellos los principales carniceros, aunque todas ellas están también inmersas en su propio proceso de decadencia, con economías estancadas y una creciente conflictividad social.
El caso de Groenlandia revela la hipocresía y la brutalidad de una de esas potencias intermedias: Dinamarca. Mientras Copenhague se presenta ante el mundo como un defensor de los derechos humanos y la autodeterminación, su historia como potencia colonial sobre Groenlandia está escrita con sangre, explotación y crímenes de lesa humanidad. Durante décadas, el imperialismo danés sometió al pueblo inuit a una política sistemática de exterminio demográfico y control social. En las décadas de 1960 y 1970, las autoridades danesas implantaron dispositivos como parte de una campaña estatal para reducir la tasa de natalidad y «modernizar» la colonia. Esta «Campaña DIU» afectó a aproximadamente la mitad de las mujeres fértiles de Groenlandia, causando daños permanentes, esterilidad y un trauma que perdura hasta hoy. El objetivo era claro: evitar que el crecimiento de la población inuit obstaculizara los planes de explotación económica y control militar daneses sobre la isla. Durante más de tres siglos, Dinamarca ha colonizado Groenlandia, imponiendo su lengua, su religión y su cultura, despreciando y considerando «subhumanos» a sus habitantes. Hoy, ante las amenazas de Trump, el gobierno danés se apresura a enviar soldados y a reivindicar su «soberanía» sobre la isla, pero se niega a incluir a los representantes groenlandeses en las negociaciones sobre su propio futuro. Dinamarca no es un aliado menor inocente; es una potencia colonial en toda regla que, mientras se arrastra ante Washington, intenta perpetuar su dominio sobre un pueblo al que ha sometido durante siglos.
Reestructuración económica en casa y preparación del fascismo
La Estrategia de Seguridad Nacional habla de «reindustrialización», de «restaurar la base industrial de defensa», de una «movilización nacional». El plan de reestructuración que impulsa Trump promueve una estrategia arancelaria agresiva para forzar el retorno industrial, la movilización de la base industrial de defensa como locomotora de la reindustrialización, con más de $300.000 millones en ventas de armamento y la exigencia a contratistas como Lockheed Martin de reinvertir en capacidad productiva en lugar de recompras de acciones; y la reingeniería del sistema financiero global mediante la aplicación del llamado «Acuerdo de Mar-a-Lago», que busca devaluar el dólar para hacer competitivas las exportaciones estadounidenses, gravar las inversiones extranjeras en bonos del Tesoro y forzar a aliados como Japón a comprometer cientos de miles de millones en inversión industrial directa en territorio estadounidense. Entre otras medidas, el gobierno de Estados Unidos busca conjurar una nueva recesión, que los analistas siempre anuncian que está respirándole en la nuca. Sin embargo, todas estas medidas vienen a profundizar la explotación para la clase trabajadora, su economía es cada vez más desigual, , el 20% más rico de los hogares sostiene más de la mitad del consumo nacional, mientras el resto de la población enfrenta un deterioro persistente. Según el Bank of America Institute, casi una cuarta parte de los hogares vive al día, gastando más del 95% de sus ingresos en necesidades básicas sin capacidad de ahorro.
Pero esta movilización de la base industrial no ocurre en el vacío social. Necesita alinear a la clase trabajadora estadounidense detrás de los intereses del capital monopolista, sustituir la lucha de clases por un chovinismo belicista y preparar a la sociedad para soportar las cargas de una guerra prolongada: más explotación, menos libertades y una disciplina déspota. En este esquema, la persecución contra los inmigrantes cumple una función múltiple y perfectamente calculada. Por un lado, busca enfrentar a una parte del proletariado —el nativo— contra la otra, la inmigrante, utilizando el chovinismo como recurso clave para impedir la unidad de clase y ganar a los sectores atrasados y a la aristocracia obrera para la ideología de extrema derecha, racista y supremacista blanca. Pero hay un objetivo adicional, igualmente crucial para el proyecto de reindustrialización: la creación de un ejército de trabajadores migrantes superexplotados, sin derechos y sumidos en el miedo permanente a la deportación, que se vean obligados a aceptar las condiciones laborales más duras, los salarios más bajos y la total ausencia de protección sindical. Por otro lado, Trump apuesta por la desestabilización del orden constitucional para imponer un presidencialismo absolutista sin precedentes, no solo frente a los otros poderes del Estado, sino también respecto a las unidades federativas y a los contendientes electorales. La prueba de este cálculo político es evidente: los estados gobernados por la mafia republicana, que concentran mayor población inmigrante, no enfrentan operaciones de la policía antiinmigrante con la misma intensidad que los estados controlados por la mafia demócrata, revelando que la persecución es herramienta de terror selectivo y de dominación interna.
Esta reestructuración económica y política se proyecta sobre su «patio trasero», América Latina y el Caribe. Asegurar el acceso preferente a los minerales estratégicos necesarios para competir con China en tecnologías verdes y defensa. La reciente firma del marco de cooperación con Argentina para fortalecer las cadenas de suministro de minerales críticos, o el giro del nuevo gobierno boliviano que busca cortejosamente la asistencia financiera y la inversión estadounidense en su litio, son la expresión de esta nueva ofensiva. Por otro lado, se trata de reconfigurar el mapa industrial del continente bajo la lógica del «friendshoring» o traslado de la producción a países aliados, utilizando el T-MEC como un arma. Más del 80% de las exportaciones de México dependen del tratado (T-MEC) y Washington ya ha amenazado con dejarlo expirar o renegociarlo en 2026 para forzar concesiones adicionales. Este esquema, en el fondo, busca profundizar la explotación de las semicolonias de la región, su condición de apéndices dóciles de la maquinaria productiva estadounidense, para que sean los países oprimidos del continente quienes paguen, con recursos y soberanía, el costo de la crisis del norte.
La Resistencia de las masas, la lucha antiimperialista; prepararse para una lucha prolongada
Pero donde hay opresión, hay resistencia. El Global Protest Monitor de la Fundación Carnegie afirma que «protestas antigubernamentales de gran magnitud y con un fuerte carácter político se están multiplicando en diversas regiones». En los últimos 12 meses, ocurrieron más de 142 protestas antigubernamentales significativas, muchas de ellas prolongándose durante días o incluso meses. Son claramente explosiones espontáneas de las masas que marcan el desarrollo de la situación revolucionaria por todo el mundo, aunque de modo desigual. Esta oleada de levantamientos populares no es casualidad: es la respuesta inevitable a la crisis general del imperialismo, a la superexplotación y a la guerra.
La dialéctica del imperialismo como «gigante con pies de barro» queda al descubierto cuando se examina su verdadera naturaleza. Por un lado, se presenta como una criatura todopoderosa, actúa como un titán y participa directa o indirectamente en todos los acontecimientos del mundo. Pero esta aparente fortaleza esconde una debilidad constitutiva: su fuerza es parasitaria, depende enteramente de la explotación de los pueblos. Por eso, cuando se enfrenta a pueblos organizados revolucionariamente, revela que cada vez se hunde más en el barro generado por sus propios pies. Puede bombardear Caracas y secuestrar presidentes, pero difícilmente es capaz de sostener guerras prolongadas contra la voluntad colectiva de quienes resisten.
El imperialismo ha invertido desproporcionadamente en armamento de última gama y proyección global —portaaviones de 13.000 millones de dólares, aviones de quinta generación, sistemas de misiles hipersónicos— pero ha descuidado la masa terrestre necesaria para tomar y mantener terreno. Esta es la manifestación militar de la ley del desarrollo desigual y la putrefacción del capitalismo monopolista: una fuerza armada hipertrofiada en tecnología, pero anémica en capacidad de ocupación y control territorial. De ahí el análisis del teniente coronel estadounidense Jared W. Nichols, jefe de planificación del Joint Multinational Readiness Center (JMRC) en Alemania, quien en su balance de la guerra en Ucrania sentencia que «un portaaviones no puede tomar y mantener terreno»5. En la misma línea, el mayor Brandon J. Schwartz, del Combined Arms Doctrine Directorate, advierte que las líneas de refuerzo transatlántico son vulnerables, que la estructura militar estadounidense no está preparada para comandar operaciones con múltiples cuerpos de ejército y que carece de las unidades terrestres decisivas para la batalla6. La «fortaleza América» es, pues, un mito que los pueblos del mundo deben revelar y derrotar combate a combate. La intensificación de la disputa interimperialista demuestra que no hay bloques ni aliados permanentes, sino el desenfrenado reparto del botín entre potencias sanguinarias. Esta fragilidad estratégica del imperialismo abre una oportunidad, pero también exige a los pueblos mantenerse alerta para no perder su autonomía subordinándose a una u otra potencia imperialista.
La situación exige de los revolucionarios que se preparen para dirigir las tormentas que ya están en marcha. Hay que romper con la ilusión de «tiempos de paz» y aprestarse subjetiva y objetivamente para los tiempos de tormentas revolucionarias. La experiencia histórica es aleccionadora: Hitler no fue la causa de la Segunda Guerra Mundial, sino la expresión política de las necesidades del capital monopolista alemán en crisis. Del mismo modo, Trump no es la causa de la agresividad imperialista actual, sino su manifestación necesaria en la fase actual de descomposición del sistema. La alternativa no es elegir entre un polo imperialista u otro, entre el despotismo yanqui, el socialimperialismo chino, o la “socialdemocracia” europea en decadencia, entre la motosierra de Milei y la sumisión con retórica antiimperialista de Petro. La única alternativa real, para los pueblos oprimidos del mundo como Colombia, es la Revolución de Nueva Democracia hacia el Socialismo. El viejo orden se asienta sobre arenas movedizas; su hundimiento es cuestión de tiempo y de organización revolucionaria. Las masas ya están en movimiento; la tarea es dotarlas de dirección consciente, de programa revolucionario y de la estrategia de lucha para convertir las tormentas en revolución.
Notas
1.U.S. Bureau of Labor Statistics.
2.MILITARY REVIEW-revista oficial de fuerzas armadas de EEUU. January-February 2025
3.Schwartz, B. J. (2025). A Critical Link: The Field Army and Command and Control in LSCO. Military Review, U.S. Army Combined Arms Center
4.Cohen, Rachel. «Top Air Recruiter Predicts Maintainer, Security Forces Shortage.» Air Force Times, 7 Apr. 2023
5.Nichols, J. W. (2025). Enfrentar la masa con masa: Por qué la OTAN es importante para el Ejército de EE.UU. Military Review, 105(6).
6.Schwartz, B. J. (2025). Un eslabón crítico: El ejército de campaña y el mando y control en operaciones de combate a gran escala (LSCO). Military Review, 105(5).
