por Colaborador de Nueva Democracia

Horas antes de que iniciara lo que se convertiría en un ejemplo a seguir por parte del campesinado en el departamento del Cesar, e incluso, en el resto de Colombia, fui informado de que se llevaría a cabo tal acción. Minutos bastaron para comprender la relevancia de este proceso en el marco de la lucha campesina, confirme mi participación y de inmediato salí hacia mi apartamento a organizar todo lo que requeriría para el viaje, ello de la forma más rápida, pues el siguiente bus partía en un par de horas. Como estudiante ya me había acercado a la compresión de lo que significa una recuperación de tierra y su papel protagónico en la historia del campesinado en Colombia, así mismo, había escuchado de un par de experiencias en las que valientes organizaciones campesinas e indígenas habían salido victoriosas de tomas en otros lugares del país, por ello, cuando conocidos que han impulsado este proceso particular me contaron de la puesta en marcha de la recuperación, vi allí la oportunidad de conocer de primera mano tal proceso y de aportar en su concreción. Desde hace algunos años hago parte del movimiento social, como estudiante he reivindicado la necesidad de colocar los conocimientos aprendidos en la universidad al servicio de las luchas del pueblo, este era el escenario para, nuevamente, llevar a la práctica tal premisa, y así fue como tomé rumbo a Aguas Blancas en un viaje que duraría alrededor de 15 horas, ello acompañado de un amigo que acudió también al llamado y que estaría al tanto del cubrimiento de prensa del evento.
Al llegar al lugar nos recibieron dos campesinos, quienes nos ayudaron a ingresar nuestro equipaje y algunos otros elementos que traíamos para la logística de la toma. La cerca del lote estaba bellamente adornada con telas que habían pintando las organizaciones campesinas, el viento ondeaba incesantemente aquellas pintas, una de ellas contenía la histórica frase Tierra para quien la trabaja, otra, contenía un preludio que anticipaba la manera en la que culminaría la contienda: Esta tierra es nuestra. Al entrar al lote, vi que las asociaciones campesinas participantes ya habían montado muchos de los cambuches, la gente se encontraba organizando sus pertenencias y con machetes ganando terreno al monte, se respiraba una gran convicción por sacar adelante la recuperación y, luego de decenas de años, obtener un pedazo de tierra en el que cultivar. De las cosas mas bellas que puedo recordar de este, y otros espacios del movimiento social, es que todos y todas nos dirigimos al otro como compañero, así pues, el “buenas tardes compañeros” de quienes apenas llegábamos, siempre fue correspondido con palabras de bienvenida y caluroso afecto. En ese momento, me dirigí ante aquellos compañeros que conocía de años atrás, nos saludamos y procedieron a indicarme cuáles serían mis responsabilidades a lo largo de esos días. Finalmente, acomodé mis cosas y me dispuse a entrar de lleno al que, para mi, sería un gran espacio de formación.
Ese día en la noche, apoyé a un campesino de apellido Murillo* -oriundo él del Chocó- a montar el cambuche en el que dormiríamos todos esos días, así mismo, a montar las hamacas de algunos compañeros. Posterior a ello, escuchamos el grito de que la comida estaba lista, y, si bien por la premura del viaje el día anterior había olvidado en casa mis objetos de menaje, varios compañeros se ofrecieron, sin dudarlo, a prestarme los suyos. Mientras terminaba de comer cerca de los fogones construidos por los campesinos, fue citada la primera asamblea del campamento, cada una de las asociaciones presentes convocaron rápidamente a sus integrantes y allí fueron definidas las tareas pendientes a realizar y otras responsabilidades importantes, entre ellas, la guardia nocturna. En esa misma asamblea mi compañero y yo fuimos presentados a la comunidad, quienes nos recibieron con bellas palabras por acudir en su apoyo. Luego de terminar el espacio colectivo, nos preparamos para descansar y para afrontar los largos días que vendrían. En particular, esa tarde estuvo tranquila, hubo presencia de algunos motorizados de la policía que intentaron interrogar y hostigar a los compañeros que se encontraban en el portón, se reportó la intimidación por parte de camionetas que se detenían en el camino y tomaban fotografías, pero, no ocurrió nada más allá de eso.

Esa primera noche asumí la guardia de uno de los puntos de seguridad establecidos entre las 12:00 M y las 2:00 AM, me acompañó un campesino de nombre Alfonso, con quien pude conversar bastante durante esas dos horas. Sentados en pinpinas de agua y en medio del monte, en una oscuridad solo iluminada por la luna llena, Alfonso me contó que llevaba años -de la mano de sus compañeros de organización- buscando obtener un pedazo de tierra para cultivar y que tras diferentes intentos fallidos de toma, se encontraba muy esperanzado de que esta fuera la oportunidad para lograrlo. Me contó que durante años ha trabajado para patrones en sus fincas, que allí padecía condiciones precarias de trabajo y que ganaba solo lo suficiente para sobrevivir y alimentar a su familia, así mismo, que durante la toma, tendría que ausentarse día a día algunas horas para cumplir sus responsabilidades laborales, pero que apenas pudiera, volvería a apoyar en las tardes y noches el proceso. Hablamos de muchos temas, del histórico problema de la tierra en Colombia (latifundio, acaparamiento, despojo…), de la forma en la que se estaban multiplicando las recuperaciones en el resto del país y, entre otras cosas, de las elecciones presidenciales próximas a llevarse a cabo. Frente a esto último, luego de preguntarle que pensaba al respecto, pudimos llegar a una valiosa conclusión, la necesidad de desechar las ilusiones acerca de las transformaciones por medio del campo electoral y la organización del campesinado como única garantía para tener tierra. Faltando unos minutos para terminar nuestro turno de guardia, me preguntó sobre el por qué de nuestra presencia en la toma, curioso él de que hubiésemos viajado por más de 15 horas para apoyar un proceso del que no obtendríamos -aparentemente- nada a cambio. Mi respuesta fue clara, el aportar un granito de arena a lo que es, sin duda alguna, el camino a tomar por el campesinado en cada rincón del continente. Así, nos despedimos y fuimos relevados por la siguiente guardia.

En la mañana de ese nuevo día, miércoles 6 de mayo, muy a las 5:00 AM empezó nuestra jornada, ya a esa hora varias compañeras y compañeros se habían encargado de encender el fogón de la cocina, la noche había sido larga, se sentía algo de inquietud por la posible respuesta de los ganaderos de la zona. No nos encontrábamos en cualquier predio, habíamos ocupado un lote de aproximadamente 140 hectáreas que tuvo como dueño a uno de los principales líderes paramilitares de la región, y si bien esa tierra llevaba casi dos décadas quieta, incluso ya en manos de la Sociedad de Activos Especiales (SAE) -entidad encargada de la confiscación de bienes a criminales-, para nosotros era claro que existía un riesgo latente de ser atacados por la reacción, ya fuera con uniformes oficiales de la fuerza pública o en camionetas enviadas por terratenientes. Ese día las tareas a realizar eran muchas, había que organizar implementos colectivos, preparar los alimentos, continuar con el desmonte, ayudar a montar nuevos cambuches y organizar, entre otras cosas, un plan de evacuación ante un eventual desalojo. No duró mucho nuestra tranquilidad, empezaron a llegar camionetas de la policía a la entrada y, en comunidad, decidimos ir a recibirlos; todos nos dirigimos al portón, muchos campesinos portaban tapabocas, otros tenían pasamontañas o simples ponchos que cubrían parte de su rostro, esta era una medida de seguridad básica que respondía a la histórica individualización y criminalización del movimiento social en Colombia. Estando allí, las primeras palabras de la policía fueron en referencia a los rostros tapados, indicando que los únicos que cubrían su rostro eran los criminales -una acusación poco sorprendente de quien provenía- y posterior a ello, un alto cargo procedió a realizar lectura de una querella que había llegado a la inspección de policía solicitando su intervención y el cese de la recuperación. Palabras más, palabras menos, el funcionario policial informó que los campesinos tendrían hasta el siguiente día para salir del predio, en caso contrario, serían desalojados a la fuerza.
Al retirarse la policía, fue citada de manera inmediata una asamblea, algunos rostros parecían angustiados, mientras la gente llegaba se escuchaba de fondo comentarios como “toda una vida luchando por tierra, ¡No nos podemos dejar sacar!”. Empezaron las intervenciones en la asamblea, algunos líderes plantearon la idea de acudir en movilización a edificios institucionales en la ciudad de Valledupar, ello con el fin de detener el desalojo en curso, otros, por su parte, hicieron énfasis en la necesidad de quedarse en el lote y preparar la resistencia. Así pues, ambas propuestas tomaron forma, un grupo de campesinos viajó a la ciudad y el resto de miembros de las asociaciones decidieron quedarse a ayudar con los preparativos. El resto del día se vivió una tensa calma, rodeados de molestos mosquitos y pasando el sofocante calor con el agua que era enfriada en cavas de icopor, nos encontrábamos a la expectativa de lo que pudiera ocurrir el día siguiente, o, incluso, esa misma noche. Al hablar con los y las campesinas, la gente expresaba no estar dispuesta a salir del predio, abandonar la toma no era una opción para ellos, de hecho, la denuncia sobre la amenaza de desalojo no tardó en extenderse de manera masiva en las redes sociales, tanto así, que entre ese y el siguiente día, no solo empezaron a llegar mensajes y videos de apoyo de sectores estudiantiles, campesinos y populares de otros lugres del país, sino que además, se sumaron a la causa otras asociaciones de la zona -e incluso de otros departamentos- que ante el inminente escenario de resistencia viajaron para acompañarnos y luchar a nuestro lado, trayendo consigo alimentos y otros insumos. Así pues, las labores continuaron durante la tarde, apoyé en la construcción de un baño, en la organización de los materiales colectivos, en la realización de algunas tareas y en el apoyo a la guardia. Durante la noche no ocurrió nada raro, más allá de la leve inundación que vivimos luego de que lloviera fuertemente durante casi media hora. Esa madrugada tuve guardia entre las 12:00 M y la 1:00 AM, me fue asignada como compañera de turno una de las personas que conocía de años atrás, aprovechamos para desatrasarnos un poco de nuestras últimas vivencias y de la vida de personas que conocíamos. Mis palabras se llenaban de emoción al pensar el lugar en el que nos encontrábamos y la gran tarea que estábamos apoyando, fue una noche tranquila, de manera muy puntual otros compañeros acudieron a nuestro relevo.
Siendo las 5:00 AM de ese nuevo día, jueves 7 de mayo, todos nos apresuramos a levantar las hamacas y a acudir a la cocina, allí pude apoyar en el servido de la comida y, de manera posterior, desayuné -nuevamente en un plato prestado por algún campesino-. Nos reunimos en asamblea temprano en la mañana; se habló sobre la nula respuesta a la movilización realizada el día anterior con la intención de que las instituciones intermediaran y evitaran el desalojo; y se comentó sobre diversos reportes que daban cuenta de posibles movimientos del antiguo y sanguinario ESMAD (Escuadrón Móvil Anti-Distubios) -cuerpo policial encargado de los desalojos- en la ciudad de Valledupar, lo cual era una grave alarma sobre lo que ocurriría en las siguientes horas. Ante tal escenario, la comunidad propuso salir a bloquear la Ruta del Sol, una de las principales vías del país, que justo pasa al frente del lote y así mismo, se declaró en asamblea permanente, ello como un claro llamado al gobierno, a las instituciones nacionales y a las entidades locales. Los y las campesinas se prepararon, recogieron sus pertenencias ante el posible desalojo por la fuerza y acudieron juntos al bloqueo de la vía, allí, con ramas y troncos obstaculizaron el paso mientras cantaban arengas:
¿Quiénes somos? – ¡Campesinos!
¿Qué queremos? – ¡Tierra!
¿Para qué? -¡Para trabajarla!
¡No somos invasores! ¡Somos campesinos!
La gente que llegaba al bloqueo observaba con curiosidad la protesta, preguntaban por los motivos del acto, e incluso, muchos de ellos expresaban palabras de solidaridad por dicha lucha. Algunos campesinos se dirigieron al público de manera constante para expresar lo que estaba ocurriendo y denunciar el posible intento de desalojo. El bloqueo duró alrededor de 1 hora, durante ese tiempo se dio paso cada 20 minutos en ambos carriles, a la vez, se garantizó el paso de ambulancias, personas enfermas o aquellas que se encontraran en ruta rumbo a citas médicas. Este ejercicio de movilización duró hasta que empezaron a llegar diferentes camionetas de la policía, quienes sin diálogo alguno, iniciaron su intimidación a las y los campesinos, con cosas absurdas como el cuestionamiento sobre la tenencia de machetes -una de las herramientas que por excelencia porta el campesinado- aludiendo a que eran objetos que entorpecerían el establecimiento del diálogo con las instituciones encargadas. A la par, llegaron camiones del GOES (Grupo de Operaciones Especiales de la Policía), quienes sin aviso previo, ingresaron al lote con grandes armas, ante lo cual los campesinos decidieron suspender el bloqueo y volver rápidamente al predio para evitar que más uniformados ingresaran. Además de las docenas de policías y de GOES que llegaron, así mismo en el carril del frente fueron estacionados dos camiones con una veintena de ESMAD, quienes con sus escudos y armas “no letales”-muy letales- esperaban la orden para disparar de frente y dejar sin ojos al campesinado -proceder rutinario de este cuerpo policial-.

Del otro lado del portón nos organizábamos para hacer frente al inminente ingreso por la fuerza, mientras ellos arrojaban drones al predio, preparaban perros y solicitaban apoyo de helicóptero por radio, yo observaba a mi alrededor y me encontraba solo con el digno rostro de un campesinado dispuesto a luchar por la tierra. A mi lado, se encontraban abuelos, mujeres en embarazo, niños y en su mayoría, personas de alta de edad, absolutamente todos arrojados allí por historias de despojo, violencia, persecución y negligencia estatal. El despliegue de las autoridades no solo era desproporcional e injusto, como ya lo esperábamos, sino que daba cuenta una vez más del lado de quién se encuentran las instituciones del Estado; detrás de los demacrados uniformados estaban siempre presentes los abogados enviados a defender los intereses del terrateniente “dueño” del predio, acompañados de camionetas que, con sus placas tapadas, entregaban insumos y comida a la fuerza pública -al parecer no tan pública-. Se dilucidaba entonces allí, de manera clara, el antagonismo entre quienes buscaban tierra para cultivar, de un lado de la cerca, y de quienes defendían -con armas institucionales- el latifundio, procedente este de manos paramilitares.
La comunidad se organizó para dar respuesta a la situación, mientras algunos intentaban establecer un diálogo con la policía en pleno portón, otros nos encontrábamos desplegados por la cerca impidiendo que más uniformados ingresaran al lote, allí fuimos objeto de sus burlas e incluso amenazas, una de nuestras compañeras, perteneciente a la guardia campesina, recibió el comentario de que si se seguía acercando al GOES, “no la contaría ese día”. Mientras los policías nos fotografiaban a lo lejos -intentado claramente individualizarnos-, escuchábamos sobrevolar drones como si fueran otro mosquito más, ello a la par que miembros del GOES se acercaban a la cerca con sus largas armas, nosotros, sin saber que se discutía en el portón, nos encontrábamos bajo el calcinante sol a la espera de noticias. Ante la llegada de más unidades de la policía, fui enviado al lugar de reunión en búsqueda de refuerzos, cuando llegué me encontré con el aviso -por parte de la policía- de que era inviable nuestra estadía allí durante unas horas más, que si no salíamos, el “uso legítimo de la fuerza” sería utilizado en nuestra contra, tanto así que hasta una ambulancia habían parqueado al frente, un claro hecho que daba cuenta de lo que significaría para la gente una intervención. Ante ello y aún con la esperanza de no ser reprimidos por las autoridades, teniendo presente nuestra clara desventaja fáctica, la decisión de la comunidad fue dirigirse a los cambuches y, en acto de desobediencia civil, esperar con frente en alto que fueramos sacados uno a uno. Si bien en los rostros se observaba el nerviosismo de la gente, sobre todo por el riesgo de recibir un disparo por parte de la policía, en sus caras no había miedo ni duda, ya en la asamblea, el día previo, la gente había decidido que en caso de ser desalojados, volverían al día siguiente a continuar con la toma del predio, esa era su tierra, no había represión que pudiera cambiar tal destino.
Era medio día, faltaban minutos para la hora cero del desalojo, mientras algunos terminábamos de recoger las pertenencias colectivas, los y las señoras de avanzada edad se preparaban para iniciar una cadena de oración, seríamos sacados por la fuerza. Fue en ese momento en el que avisaron que había información sobre funcionarios de la Agencia Nacional de Tierras (ANT) –institución encargada de la titulación y entrega de tierras en el país- que se dirigían hacia el desalojo en curso, lo cual era extraño, pues no es una de las entidades competentes para dichos procedimientos administrativos. Al parecer, habíamos logrado nuestro objetivo, la cantidad de denuncias que se estaban realizando en redes, los videos en solidaridad enviados desde diferentes lugares y el bloqueo de la vía llevado a cabo por los y las campesinas esa mañana habían llamado la atención de funcionarios de la ANT, quienes acudieron al lote por presión previendo graves errores en el debido proceso y faltas a la normativa por parte de la fuerza pública, pues esta iba a realizar un desalojo en un predio que como había argumentado el campesinado no le pertenecía ya a un privado, sino que había sido confiscado por el Estado y se encontraba a disposición de ser utilizado para la reforma agraria en el país. Es decir, ante la movilización y la resistencia campesina en tal lugar, la institucionalidad no solo le dio la razón a los manifestantes, sino que también se vio obligada a acelerar un proceso que estaba retrasado por años, el entregar dicho lote a campesinos sin tierrra; fue tanta la visibilidad que ganó la recuperación durante esas horas, que funcionarios de la ANT que se encontraban realizando entregas en la región durante esos días, cambiaron su agenda e incluyeron el predio en las tierras a entregar, una clara victoria de la lucha campesina.

Así pues, luego de tensas y contradictorias horas de discusión entre funcionarios, aquellos que alegaban imponer el desalojo no pudieron desarrollar su cometido, la visibilidad lograda por la comunidad pudo con ellos, tanto así que era evidente la cara de frustración por parte de la policía, que luego de medio día a la espera de ver correr sangre, no pudieron satisfacer tal deseo, tanto ellos como los defensores del terrateniente que miraban atónitos la situación, fueron derrotados de manera implacable por el poder popular. En ese sentido, las y los campesinos llegaron a un acuerdo con la ANT, ante la solicitud por parte de los funcionarios de que el predio se encontrara inhabitado para llevar a cabo la entrega, saldríamos del lote con la única condición de que al día siguiente fuera gestionado el trámite que colocara esa tierra a nombre de quienes la habían luchado. El acuerdo fue concretado, fuimos por nuestras pertenencias y salimos del lugar, no sin antes tomar los materiales suficientes para establecer un campamento humanitario del otro lado de la cerca, este como medida de presión que respaldara la palabra asumida por parte de los funcionarios. Las y los campesinos, que con sus manos habían ya construido todas las condiciones de habitabilidad adentro, tardaron minutos en construir cambuches y colgar hamacas al lado de la vía, Murillo, trabajador incansable, ya se encontraba montando lo que sería el fogón para preparar alimentos hasta el día siguiente. La situación era clara, en caso de que la ANT no cumpliera lo acordado, ingresaríamos nuevamente al predio.
Para las asociaciones campesinas el salir del lote generaba algo de incertidumbre, el confiar en las instituciones que históricamente han estado de lado de los terratenientes no era precisamente una decisión fácil, sin embargo, lo que si era certero era la indoblegable voluntad de volver a entrar al predio en caso de ser necesario. Los plásticos fueron montados, hasta las telas que antes adornaban la cerca fueron utilizadas para cubrirnos del sol, el resto del día consistió en preparar lo que apuntaba a ser una larga noche, el dormir al lado de la vía generaba angustia, pues estábamos bastante expuestos a todo lo que pudiera ocurrir. De hecho, de nuevo la gran preocupación no era la fuerza pública, ese lugar volvía a ser ocupado por aquellos actores oscuros ligados a los grandes ganaderos y terratenientes: los paramilitares. Después del atardecer construimos algunas fogatas, algunos compañeros y compañeras prepararon la comida y fueron distribuidas las tareas requeridas, entre ellas, la guardia nocturna. Esa noche me fue asignada la guardia entre la 1:00 AM y 2:00 AM, ante la carencia de árboles y soportes decidimos dormir en el piso, para ello extendimos un plástico enorme y allí nos acostamos unos 10 compañeros, que hora tras hora nos levantamos para cumplir con la tarea de guardia.
En esta ocasión estuve acompañado en tal responsabilidad por un campesino de nombre Alberto, ya lo había conocido del grupo de guardias a lo largo de la recuperación, un hombre muy carismático él. Durante esa hora hablamos de lo que había ocurrido esos días, en especial, sobre el intento de desalojo esa misma tarde y de la alta expectativa que se tenía frente a lo que pasaría el día siguiente. Alberto me contó que para el la toma era muy importante, pues llevaba años viviendo de su trabajo día día, hace un par de décadas había sido desplazado de la comunidad de Aguas Blancas por parte del paramilitarismo, en su momento, tuvo que salir con toda su familia y vender lo poco que tenía. El lugar al que llegó era un caserío a unas dos horas del pueblo, allí empezó a cultivar todo tipo de pan coger, si bien esto le permitió subsistir por unos años, el crecimiento de la familia y las pocas oportunidades económicas lo llevaron a volver a Aguas Blancas hace una década, teniendo que vender así, nuevamente, lo poco o nada que había conseguido durante ese tiempo. Con el dinero recogido esta vez decidió comprar 2 terneras, las cuales ordeñaba de seguido y llevaba a pastar justo en la vía en la que nos encontrábamos haciendo guardia -entre el pueblo y la ciudad-, con el tiempo esas terneras tuvieron descendencia, algunas las vendió y utilizó lo obtenido para comprar más, otras las dejó y cada vez fue aumentando la cantidad de animales que lo acompañaban hasta llegar a más de una docena. Esa noche me contaba que estaba algo ansioso porque, por la toma, llevaba días sin ver sus animales, le había pedido el favor a algunos conocidos que les dieran ronda, pero las cuentas por pagar y el alimento a su familia no daba espera, así que para él -al igual que para muchos y muchas- quedarse en el campamento de manera indefinida no era una opción. Qué iba a pensar Alberto que ese enorme lote que veía cerrado cada mañana cuando pasaba con sus vaquitas sería su nuevo hogar.
Antes de terminar nuestro turno en la madrugada fuimos visitados por dos compañeras quienes se encontraban realizando ronda entre los puntos de guardia, ya había dialogado con ellas en algunas ocasiones y ya nos reconocíamos porque días atrás, ante el fuerte calor que hacía, amablemente me ofrecieron gaseosa helada que conocidos les habían llevado a la toma, en ese instante concretamos nuestra amistad y de ahí en adelante, encargamos con sus amigos -que viajaban cada día a trabajar al pueblo- más gaseosa para compartir entre compañeros. Eran mujeres jóvenes, cada que me las encontraba conversábamos un buen rato, nos reíamos de anécdotas y compartíamos experiencias de nuestras vidas, una amistad fugaz que construimos en medio de la tensión de la toma. Mentiría si dijera que, al igual que con ellas, me sorprendió la solidaridad de las y los campesinos, todo espacio en el que he compartido con ellas y ellos solo me ha reafirmado su incansable espíritu para trabajar, su gran motivación para, aún en medio de tanta dificultad, salir adelante y su incalculable disposición de servicio hacia al otro, manos que desde su humildad siempre fueron tendidas en apoyo a tareas y responsabilidades. Así pues, lo único sorprendente era que personas tan laboriosas y ejemplares llevaran años, e incluso décadas, a la espera de tener tierra para trabajar. Aún con la preocupación de que pudiese pasar algo esa noche -misma preocupación que no dejó dormir a varios de los compañeros-, amaneció sin reporte alguno por parte de las guardias.
Ese viernes 8 de mayo, desde muy temprano el sol empezó a pegar en nuestros rostros, era poca la sombra que había entre la vía y la cerca. Ese sería el día en el que probablemente se concretaría todo el esfuerzo realizado esa semana, y, claro, todos los sueños imaginados durante años. Hicimos el desayuno en el fogón construido por Murillo y empezó la larga espera hasta la visita de los funcionarios de la ANT, la verdad es que no había mucho por hacer en el pequeño espacio en el que nos encontrábamos, más allá de conversar entre compañeros y compañeras. En ese momento no fue necesario recordar lo que las y los campesinos habían decidido el día anterior, de hecho, se escuchaba en cada una de las conversaciones, “si no llegan, volvemos a entrar”, “si no cumplen, atravesamos el portón nuevamente”. Esa claridad fue la que nos mantuvo en pie hasta casi medio día, momento en el cual fueron vistas en el fondo de la carretera, a través del fogaje que se levantaba del asfalto, las camionetas institucionales que venían al procedimiento administrativo. De inmediato la guardia campesina se alistó para su recibimiento, el haber amanecido en la vía y la angustia de estar expuestos a cualquier riesgo no había cambiado en absoluto el semblante que con dignidad expresaban los rostros de campesinos y campesinas. Los funcionarios saludaron y no tardaron en ingresar al predio, recorrieron el lote y, finalmente, se reunieron con la comunidad, allí, con un discurso rimbombante dieron cuenta de la maravillosa generosidad del gobierno y de su indiscutible compromiso con las familias campesinas. Semejante fanfarria no opacó realmente lo ocurrido, la victoria era del campesinado organizado y movilizado, no de un gobierno interesado en mostrar resultados en pleno año electoral.
Así pues, en medio de semejante desfachatez por parte de los funcionarios, fue oficializada la entrega del predio a las asociaciones campesinas. Este momento fue bello, al mirar alrededor solo se observaban lágrimas y abrazos de victoria, desde los más viejos hasta las más jóvenes se expresaba con efusividad el gran logro, habíamos culminado una gran hazaña: le arrebatamos a la fuerza esa tierra al terrateniente y obligamos a las instituciones a cumplir la justa premisa, entregarle tierra a quien la trabaja.
“¡Tenemos tierra compañero!”
Me dijeron varios de los campesinos que se acercaron a abrazarme. Ese día no hubo fiesta ni una gran celebración, la dicha fue compartida de abrazo en abrazo, aún faltaban cosas por hacer hasta la noche. Luego de ingresar nuevamente al lote, empezamos a instalar los cambuches, ahora no como extraños, sino como dueños en propiedad de esa tierra. Las y los campesinos no demoraron en empezar a traer sus herramientas de trabajo, hasta a algunas de sus familias trajeron del pueblo, ello para que conocieran lo que sería su nuevo hogar, incluso Alberto ya estaba pensando con otros compañeros en como ampliar el portón, no veía la hora de traer consigo a todas sus vaquitas. Se respiraba alegría, esperanza y sobre todo, dignidad. Esa noche dormimos con regocijo, se había concretado un gran esfuerzo colectivo y si bien sabíamos que lo que deparará el futuro requerirá la suma de un gran trabajo, ya el inicio marchaba a pasos agigantados.
Amaneció un nuevo día, sábado 9 de mayo, mi tarea en Aguas Blancas había culminado, era momento de volver a mi ciudad. Ese día al levantarme, contrario al panorama que pensaba que me encontraría, el de compañeros y compañeras descansando luego de semejante esfuerzo, lo que ocurría es que la gente estaba felizmente motivada acondicionando su nuevo hogar: mientras algunos preparaban el desayuno, otros ganaban terreno al monte; mientras unos organizaban el nuevo portón, otros barrían y limpiaban el rastrojo de lo que sería la entrada al lote. En medio de todo ese trabajo empecé mi despedida, pasé por cada uno de los cambuches y de los frentes de trabajo, abracé a los compañeros y les agradecí por permitirme acompañarles durante ese tiempo, muchos me indicaron que cuando quisiese sería bienvenido allí, no dudé en recibir su oferta y en afirmar que prontamente volvería a visitarles, ahora acompañado de más estudiantes, que seguramente querrán ir a aprender de ese hito de resistencia y a aportar de sus conocimientos en lo que sea posible. Así pues, partí esa mañana con un gran sentimiento de gratitud por la bella experiencia, ello no sin antes tener el gran honor de ayudar a colgar nuevamente las telas que habían sido retiradas de la cerca, una de ellas plasmaba el resultado de este proceso de organización y lucha campesina, enarbolando los frutos de una exitosa recuperación:
“Esta tierra es nuestra”

* Todos los nombres fueron cambiados en el relato como forma de garantía para la seguridad de los y las campesinas.




