Por: Antonio Gómez
Vladimir Illich Lenin en su popular ensayo “Imperialismo, fase superior del capitalismo”, establece que la actual fase de este sistema de producción de mercancías dominante, se caracteriza por el dominio del capital financiero y una repartición del mundo a su servicio.
En el marco de esa repartición se pueden distinguir tres tipos de países: los soberanos, de donde los grandes capitales monopolistas provienen; los coloniales, que dependen económicamente de los primeros, y que a nivel político y diplomático todavía les pertenecen; y los semicoloniales, que formalmente son soberanos pero que están atados a los Estados imperialistas, realmente soberanos, a través de una red de dominación financiera, que se refleja en todos los aspectos de la sociedad: economía, política, cultura, etc.
Nuestro país celebra 216 años del comienzo de la lucha por la independencia de la corona española, y sin embargo, el contenido real de esa independencia ha sido justamente la transición entre una dominación colonial total, hacia el establecimiento de esas redes de dominación económica, militar y política que caracterizan a la semicolonialidad.
Este aspecto de la estructura social del país es tan fundamental, que los proyectos políticos hegemónicos que compiten por la administración del Estado no buscan su superación, porque no cuestionan el dominio de la gran burguesía atada al imperialismo, al contrario, representan diferentes sectores al interior de esa burguesía.
Ambos proyectos, a veces distinguidos como el neo-liberal y el progresista o social-liberal, se caracterizan por la ausencia de una política industrial para el país con miras a su soberanía y, en cambio, proponen la dependencia de exportaciones mineroenergéticas o agrícolas.
Los resultados de cuatro años de presidencia de Gustavo Petro, líder del Pacto Histórico, corroboran este planteamiento.
Se logró que una parte de la población aliviara su situación financiera de miseria absoluta, mediante el aumento de ingresos monetarios que incentivan el consumo. En esa vía funcionó una expansión de recursos transferidos a través de programas como Renta Ciudadana y Colombia Mayor, y el aumento del salario mínimo. Sin embargo, la formación de capital, es decir, la capacidad de inversión en producción industrial para el fortalecimiento de la oferta empresarial sigue siendo precario como en todos los gobiernos anteriores. Es que desde 1990, las clases dominantes del país han concordado en que «la mejor política industrial, es no tener política industrial».
La particularidad del gobierno saliente en la gestión económica fue la promoción de la agricultura en vez del petróleo y minería. En 2025 el 66,4% de las exportaciones a USA fueron de carácter no minero-energético, ocupando predominancia las exportaciones de café sin tostar, banano o plátano fresco, flores y aceite de palma en bruto, entre otros productos primarios.
Los analistas aún debaten si esto fue un resultado directo de la política gubernamental o una adaptación «inercial» a las demandas internacionales. De cualquier forma, tal como el modelo mineroenergético, el modelo agroexportador primario hace al país sumamente vulnerable a las fluctuaciones de los precios de las materias primas en el mercado internacional. Sin contar que, los productos que vende el país, al no ser industrializados, se venden mucho más barato de lo que el país compra o recibe de las potencias mundiales en el comercio.
Por su parte, la entrada de productos industrializados y financiamiento de proyectos no se da en forma de regalo, sino como una inversión, por la cual, a cambio del ingreso de capitales, la ganancia producto de la inversión que explota recursos naturales y mano de obra local, va de vuelta a esos países de origen.
El 22% de la inversión extranjera directa proviene de USA, según los datos del periodo de 2014 a la actualidad. Y, países como España, Francia, Suiza e Inglaterra también tienen protagonismo, según datos del último trimestre. Además, otras inversiones provienen de paraísos fiscales como Luxemburgo y Panamá, en donde grandes capitales imperialistas depositan dinero para evadir impuestos.
Estos datos son concordantes con el concepto leninista de imperialismo, teniendo en cuenta que uno de los aspectos de la relación semicolonial es la exportación de capitales del centro a la periferia. Estos capitales no encuentran espacio en el mercado del país de origen y se invierten en países donde el retorno es altamente prometedor, ya que cuentan con privilegios fiscales, tierra y mano de obra barata, privilegios que les da un Estado como el colombiano, administrado por una burguesía que se beneficia de la sujeción y venta del país.
Por otra parte, además de productos industrializados históricamente recibidos, el turismo ha sido gradualmente uno de los focos de la inversión extranjera. Esta actividad se ha convertido en causante de una problemática de gentrificación, fuertemente denunciada por clases trabajadoras de ciudades como Medellín.
Estados Unidos es el origen de uno de cada cuatro turistas extranjeros que llegan a Colombia, y con la llegada de dólares, arrendatarios locales acomodan el precio de la renta al bolsillo de los estadounidenses, provocando una inflación que solo causa detrimento a los trabajadores locales.
Sumado a esto, está el fenómeno de la explotación sexual de mujeres y de menores de edad en la ciudad, que ha sido la otra cara de la moneda del impulso al turismo.
Lo que agudiza este fenómeno de turismo con fines de explotación sexual es, justamente, la semicolonialidad del país. La falta de soberanía de Colombia, el poder del pasaporte estadounidense, el poder del dólar y la situación de miseria de las masas colombianas habilita a criminales extranjeros para que se aprovechen de la necesidad de mujeres, adolescentes, niñas y niños pobres, percibidas por el ojo colonial de estos criminales como presas sexuales donde se reafirma la dominación.
Aún así, Federico Gutiérrez (elemento rabiosamente anti-petrista, valga decir), el alcalde de Medellín, la ciudad donde principalmente se desarrolla este fenómeno, agradece a los Estados Unidos afirmando que «la justicia de Estados Unidos está cuidando a los niños de Colombia, que es lo que debería hacer todo el pueblo colombiano, el Estado colombiano”.
Solo dice esto porque agencias estadounidenses como la HSI -Homeland Security Investigations- han participado de investigaciones y prosecución de criminales internacionales. De esta forma, las clases dominantes ningunean la aguda indignación, denuncia, crítica y lucha social que ha causado este tema en el pueblo colombiano y medellinense.
El fenómeno inverso, de movilidad del tercer al primer mundo, también se da, y de hecho ha aumentado considerablemente en el caso de Colombia. La migración de sur a norte tiene, sin embargo, un motivo fundamentalmente diferente. Mientras elementos criminales de los países del primer mundo vienen a lo que consideran su gran burdel del tercer mundo, los colombianos migran al primer mundo para trabajar.
El crecimiento del fenómeno se demuestra por el dato de que las remesas, dinero de migrantes trabajando en el exterior que es enviado a sus países de origen, crecieron un 10,6% en 2025 con respecto al año anterior, representando un 3% del PIB. Vienen en alza desde 2018. Estados Unidos es el principal país de origen de estas remesas.
Tanto el turismo con fines de explotación sexual, como las remesas, operan en el marco de la sujeción semicolonial. El turismo porque, basado en el poder de la moneda, gentrifica la ciudad popular y sexualiza a mujeres, niñas y niños del pueblo colombiano. La movilidad de trabajadores inmigrantes porque implican la salida y, por tanto, disminución de la fuerza laboral de la nación colombiana en función del crecimiento de una nación extranjera. A cambio de esto, la nación de origen de los trabajadores exportados recibe remesas que solo mejoran la calidad de vida de sectores muy focalizados de la población, en vez de ser un incentivo al desarrollo nacional.
Entonces, tenemos que el pueblo colombiano está atrapado entre una línea de dominación que busca incentivar la transición energética y el turismo mientras, la otra, busca continuar el modelo dependiente de extracción de minerales y petróleo.
El presidente electo Abelardo de la Espriella, quien es ciudadano estadounidense, espera enfocar más los nexos semicoloniales hacia la exportación minero-energética, un enfoque más alineado con el actual presidente de su país, Donald Trump. Para ello, De la Espriella prometió impulsar más la explotación petrolera a través del fracking y la exploración de petroleo y gas.

Se espera, además, que, con este presidente más alineado con Trump, los lazos con el imperialismo chino se debiliten, por lo que, en la coyuntura actual, el imperialismo yanqui es estrepitosamente derrotado en Medio Oriente y busca aferrarse con garras a su «patio trasero» en el hemisferio.
“Creo que Trump estará dispuesto a invertir recursos en términos militares, económicos e incluso inversión en Colombia para intentar reforzar esta alianza y convertir, por así decirlo, a de la Espriella y Colombia en la cabeza de playa de la seguridad”, analizó a este respecto Christopher Sabatini, director del Programa de América Latina en Chatham House, para el diario venezolano El Nacional.
Esto da pie para introducir un elemento que sostiene, sin duda, la semicolonialidad, esto es, el elemento militar. En este terreno, también, la gran burguesía colombiana está de acuerdo en sujetarse al imperialismo. El control se disfraza de «cooperación». Los intereses geopolíticos y estratégicos estadounidenses prevalecen, sin embargo, en esa relación de cooperación.
Históricamente, en Colombia, esta «cooperación» ha tenido un elemento fuerte de contrainsurgencia. Así, el Estado colombiano en su conjunto es connivente con la intervención estadounidense en el combate al ELN, especialmente en la frontera colombo-venezolana, lo cual fue ratificado por el presidente saliente Gustavo Petro. Esto, en el contexto de la profundización del control de Estados Unidos sobre Venezuela, tras la captura de Nicolás Maduro.

A nivel hemisférico, el contexto está marcado por el lineamiento de la llamada Doctrina Donroe, por la cual, una vez más, el Estado norteamericano hace manifiesto su interés de «proteger» a América Latina como su espacio de dominación contra el avance del socialimperialismo chino. Todo esto, discursivamente encubierto como una lucha contra el «terrorismo» y el «narcotráfico», conceptos que sirven para justificar intervenciones militares que van en detrimento de la soberanía nacional de los pueblos de América Latina.
Entre tanto, el terrorismo y narcotráfico reales funcionan perfectamente. Por ejemplo, el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, fue indultado por Donald Trump, después de haber sido condenado por tráfico de cocaína en USA. También, el presidente Noboa, de Ecuador, que según denuncias de medios, el negocio familiar es exportar cocaína hacia Europa en cargamentos de banano, es un gran protegido de Trump.
Estamos, pues, ante el narcoterrorismo al amparo del Estado norteamericano. A el gran capital financiero estadounidense, y su narcoestado, no le importa el profundo daño y sufrimiento que las drogas causan al pueblo norteamericano.
Colombia es, pues, parte de ese engranaje de dominación militar y los criollos que nos dominan promueven esto, independientemente del partido al que pertenezcan. Colombia es el único país latinoamericano vinculado a la OTAN en la forma de «socio global» desde mayo de 2017, nada de esto fue contestado por el presidente saliente. La categoría de «socio global» agrupa a una serie de Estados como Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur, que son estratégicos para USA en su lucha inter-imperialista contra China.
Con esta bota militar puesta encima, de la cual aquí se hizo una somera revisión, pero que se evidencia y que opera a través de muchos otros aspectos económicos, políticos e incluso culturales, la nación y el pueblo colombiano no puede realmente celebrar su independencia, al contrario, esta debe ser una oportunidad para luchar por la soberanía. La primera soberanía es luchar por la independencia de clase del pueblo, deslindándose de los sectores de las clases dominantes que solo le ofrecen dominación semicolonial con distintos énfasis. También, luchar contra quedar atrapado en la lucha inter-imperialista en el mundo en curso, que no es más que otro aspecto del capitalismo imperialista contemporáneo, esto es, la re-repartición del mundo en un mundo ya previamente repartido a través del colonialismo.
Lo más interesante de anotar es que el nivel de militarismo y sujeción responde también a que las clases dominantes locales y el monopolio imperialista reconocen la combatividad del pueblo, signada a través de numerosos hitos históricos. Es tarea del pueblo fortalecer ese camino de luchas contra el imperialismo, para crear una nación fuerte, digna y sin hambre, que recoja lecciones y referentes de la experiencia histórica de emancipación de los pueblos soviético, chino, palestino, vietnamita, cubano, indio, peruano, filipino, entre otros, y que aliente a los otros pueblos del mundo también a ello.




